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El hombrecito del azulejo es un ser singular. Nació en Francia, en Desvíes,
departamento del Paso de Calais, y vino a Buenos Aires por equivocación. Sus
manufactureros, los Fourmaintraux, no lo destinaban aquí, pero lo incluyeron por
error dentro de uno de los cajones rotulados para la capital argentina, e hizo
el viaje, embalado prolijamente el único distinto de los azulejos del lote. Los
demás, los que ahora lo acompañan en el zócalo, son azules como él, con dibujos
geométricos estampados cuya tonalidad se deslíe hacia el blanco del centro
lechoso, pero ninguno se honra con su diseño: el de un hombrecito azul, barbudo,
con calzas antiguas, gorro de duende y un bastón en la mano derecha.
Así comienza el cuento El hombrecito del azulejo, de Manuel Mujica Lainez, cuyo
protagonista es un antiguo mosaico Pas de Calais que cobra vida y logra salvar a
un niño enfermo después de librar una batalla con la muerte. El relato
reconstruye una Buenos Aires pueblerina, de casas con zaguanes, patios y
aljibes, que hacia mediados del siglo XIX incorporó elementos de la
ornamentación francesa, entre ellos, estos azulejos de motivos casi siempre
azules. En las casas se los colocaba en los zócalos, zaguanes y patios, en los
brocales de los aljibes, en los frentes de los escalones y los antepechos de las
ventanas. Antes del 1800 se usaba como elemento decorativo la loza de la vajilla
doméstica, y todavía quedan restos de esas aplicaciones en la ciudad de Colonia,
en Uruguay.
En Buenos Aires se utilizaron estos azulejos en las cúpulas de las iglesias,
como la del Pilar, la de Santo Domingo y La Catedral, En muchas de ellas, los
azulejos están colocados de tal manera que logran formar dibujos que, desde
lejos, se ven como meandros, cuadrados o diagonales.
Aunque se cree que los azulejos en el Río de la Plata existen desde la época de
la Colonia, en realidad desembarcaron ya entrado el siglo XIX.
Llegaron alrededor de 1850. En muchos casos venían como lastre de los barcos que
llegaban al Río de la Plata y después se iban cargados de mercadería, señala
Eduardo Vásquez, director del Museo de la Ciudad.
Los azulejos provenían de la ciudad de Desvíes, en Pas de Calais, y de la ciudad
de Aubagne en la boca del Ródano. Los primeros medían 11 x 11 cm, mientras que
en Aubagne se fabricaban en medidas de 15 x 15 cm a 20 x 20 centímetros. Aunque
se conocen cerca de ciento cincuenta modelos, era raro encontrar figuras
humanas: generalmente estaban decorados con motivos geométricos o vegetales,
siempre con elementos menudos e ingenuos. Entre azulejos de diseños iguales se
notaba con frecuencia ciertas irregularidades en los dibujos, seguramente por
deficiencias de cocción, algo que forma parte de su encanto y los diferencia de
los industriales. Eran azulejos de factura simple. El diseño más común era el
llamado etiqueta, con rayas paralelas, redondeadas en las esquinas, que seguían
el contorno del cuadrado, comenta Vásquez.
La fábrica de Desvres todavía existe, pero cerró producción. Hoy reproducimos
los mosaicos de Pas de Calais, aunque con otras técnicas y pigmentos, cuenta
Eleonora Fresco, otra de nuestras entrevistadas, que luego de investigar el tema
en profundidad logró obtener diseños y efectos similares a los originales.
Las cerámicas se realizaban en biscocho rojo o blanco con diversas técnicas. La
llamada bajo cubierta consistía en pintar sobre el biscocho con pigmento u óxido
y cubrir con cristal. La técnica sobre cubierta colocaba primero el esmalte de
base y realizaba el dibujo sin pintarlo después con la capa de cristal. Otra
variante era colocar esmalte blanco o engobe (más económico) sobre el biscocho,
hacer el dibujo y después cubrir con cristal.
Antes se utilizaban óxidos sacados de la montaña. Producían un efecto esfumado
muy difícil de lograr hoy. La matriz se realizaba con ramas y hojas, se volcaba
el barro sobre la tierra húmeda y se secaba al sol, cuenta Eleonora, que pinta a
mano cada azulejo para lograr el aspecto artesanal de los antepasados franceses,
que s sin embargo, se hacían con serigrafía.
El color más difícil de imitar es el borravino. También existían algunos con
algo de verde y amarillo, aunque los más habituales eran azules y blancos,
explica esta egresada de Bellas Artes que trabaja junto con una química para
lograr los colores exactos. Su opinión ha sido requerida en la recuperación del
colegio Champagnat, el aljibe de la casa de Sarmiento, en San Juan, y el
subterráneo de Buenos Aires, que tienen otro tipo de mayólicas antiguas.
Se los utiliza mucho en las cocinas de campo con hornos de barro u hornos de
leña antiguos. También quedan muy bien en chimeneas. Este tipo de azulejos se
caracteriza por tener las esquinas tomadas: al juntarlos con otros se produce
una continuidad que es muy agradable, explica Sergio Cardini, quien aclara que,
cuando se rehace algo colonial, se suele pintar gran parte de la pared y colocar
azulejos en paños chicos, cerca de mesadas o alacenas, pero siempre enteros.
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